Reflexiones

Autor: Jorge Castro

Vivimos en un tiempo en el que reina la inmediatez. Tenemos toda la información, música, libros… al alcance de nuestra mano. Con apretar un botón podemos acceder a cualquier tipo de contenido. Podemos comprar, vender, escribir un mensaje… Todo es tan inmediato y tan fácil que no tenemos tiempo para reflexionar y ni siquiera para respirar. En un pequeño dispositivo tenemos mil canciones, dos mil libros en pdf, quinientas películas… no le damos valor a nada. Hemos adquirido el hábito de coleccionar mp3 ó archivos de cualquier tipo de forma enfermiza, llegando a escuchar o leer una parte ínfima de nuestro “vertedero cultural”. Como con todo, el problema es el abuso. Lo que podría ser beneficioso se puede convertir en veneno. ¿Qué es lo que ocurre con la cultura y el arte? El arte necesita de una reflexión, de un estado de ánimo propicio para poder apreciar y distinguir sus matices e incluso intentar entrever, como dice Josep Soler, “la ética que la justifica (la obra de arte) y el sentimiento y la necesidad que tiene el artista… de entregar únicamente aquello, aquellas obras, que son moralmente adecuadas a su consciencia…” [1]

Otro aspecto de nuestra sociedad, a mi juicio preocupante, es ver cómo cada vez más personas realizan varias actividades a la vez con la consiguiente pérdida de atención hacia lo que están haciendo. Me explico con un ejemplo: cada vez está más extendido escuchar música a la vez que se está leyendo y en breves intervalos de tiempo mirar nuestro teléfono móvil. Es totalmente imposible que una persona pueda estar plenamente concentrada en varias cosas a la vez, por lo que escuchar música se convierte en “tener la música de fondo” y leer se convierte en algo parecido…  tanto las lecturas como las audiciones musicales se vuelven progresivamente más sencillas y con menos contenido para que podamos seguir con nuestro papel “multitarea”.

Esto mismo ocurre con la televisión, el cine y el teatro. Se crean una serie de productos de consumo, fácilmente digeribles, con el único objetivo de vender y llegar a la mayor cantidad de público posible. El ARTE no debe ser tratado como una mercancía, ya que en mi opinión, desde ese momento deja de ser ARTE para convertirse en algo menor que no deja de ser un mero entretenimiento banal.

Esto nos puede llevar a adorar ídolos con los pies de barro o incluso sin pies, que caerían por su propio peso si no fuera por el sustento que tienen detrás. Nos encontramos en la cumbre del éxito con algunos actores que “no actúan”, escritores que “no escriben”, músicos que no “saben de música”, periodistas que no lo son… como decía Juan Luis Galiardo: “¡hagamos un entretenimiento pensante!” ¡No hagamos un arte carente de intención y sentido! Por supuesto, que hay innumerables ejemplos de personas que han hecho cosas magníficas sin necesidad de realizar actividades complejas… el arte popular está plagado de esos ejemplos que van desde Bob Dylan hasta Mario Benedetti. Repito, SENCILLO no significa carente de SENTIDO.

Volviendo a Bob Dylan, puedo citar canciones estupendas con sólo dos acordes, pero que transmiten un mensaje, que tienen una intención. Lo mismo ocurre con la poesía. Escribir en verso no te hace poeta… escribir lo que te ha pasado durante el día sin ningún tipo de sentido, a mi juicio, ¡NO te hace poeta! Y vuelvo a reiterar que no estoy hablando de complejidad ni simplicidad, hablo de no “hacer por hacer”, hablo de reflexión y de intentar aportar algo en todo lo que hagamos.

Por supuesto, con estas líneas no pretendo imponer ningún criterio, sólo invito a hacer una reflexión profunda porque la cultura y el arte es el reflejo de nuestra sociedad.

www.jorgecastro.es

[1]    SOLER, Josep. Música y ética. Pág. 18.

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